Javier Enrique Gámez Rodríguez nació el 1ro de enero de 1992, en Fundación Magdalena. Es estudiante de Negocios Internacionales de la Universidad del Magdalena. Ha ganado el segundo lugar en “Cuenta tu historia de amor” en el año 2012 en la Universidad del Magdalena, ganador del segundo lugar en el “1er festival regional de literatura y narración oral ASCUN 2014” en Barranquilla.
Es como si mi mano tuviese vida propia
Cada intento con una chica que le gustaba, era un intento fallido. Después de su última relación, la suerte con las mujeres fue en descenso. Tanto así, que había pensado varias veces en suicidarse.
Manuel era un muchacho de buenos sentimientos, pero como todo en la vida no puede ser perfecto, era feo. Bueno, digamos que no tan feo, o al menos así se consideraba él mismo. “dos años sin tener sexo” pensaba “otro más y vuelvo a ser virgen”. Trabajaba ocho horas en una oficina, manteniendo la página web de la empresa. Además, vivía solo en un pequeño apartamento y le quedaba todo el sueldo. Sus padres habían muerto y sus familiares más cercanos vivían en otro país. No tan cercanos ya.
El desespero de Manuel lo había llevado a buscar por internet, todo tipo de servicio sexual. A estas alturas de la vida, le daba igual hacerlo con una vieja, una señora de su edad o hasta una adolescente. Tenía en su teléfono a todas las mujeres que ofrecían sus especialidades por internet. Había algo que lo detenía de ir con una de ellas y era que no iba a saber cómo actuar en ese caso y  también le temía a que ellas llevaran algún tipo de enfermedad.
Cada vez que revisaba a las mujeres en su celular, comenzaba a mirar foto por foto, a imaginarse como sería cada una en la cama. Su mano derecha bajó reptando hasta el cierre del pantalón, lo abrió, sacó el pene y comenzó a menearlo. Esta acción la repetía Manuel antes de ir al trabajo, en el trabajo, al llegar al apartamento, después de comer; era un vicio o un hábito. No se decidía en cuál de las dos era.
Llegó a contarle su problema a su mejor amigo, que por cuestiones de trabajo se veían los sábados y tomaban unas cervezas.
¾    La verdad, Juan, ya no sé qué hacer. Me siento desesperado. Necesito sexo, pero no soy capaz de ir con una puta y no he conseguido novia, ni alguna chica “fácil” en ninguna parte. ¾ Manuel bajó la cabeza y le dio un trago largo a la cerveza.
¾    ¿Por qué no te emborrachas y llamas a una puta? Si no tienes el coraje de ir sobrio, puedes intentarlo borracho, ¿No crees? ¾ Manuel guardó silencio.
Le parecía que Juan tenía razón. Daba buenos consejos. Pero aun así, no se creía capaz de hacerlo ni borracho. Se sentía más seguro con su mano.
¾    Muchas gracias Juan. Espero hacerlo.
¾    Lo harás ¾ Alzó su vaso en señal de brindis y le dio un trago ¾ Después de que lo hagas, me avisas y te presentaré con algunas amigas.
¾    No, sabes que nunca sé que decir.
¾    Lo sabrás, lo sabrás…
¾    ¡Qué así sea!
Después de un par de cervezas más, los viejos amigos tomaron caminos diferentes y cada uno se dirigió a su casa. La mano de Manuel se movía, inquieta. Venía una mujer muy linda y Manuel la había notado. La quedaba mirando y ella se dio cuenta. En el momento en que se cruzaron sus miradas, la mano derecha de Manuel llegó hasta su pene, lo apretó y lo sacudió en un gesto grosero. La mujer, al ver esto salió corriendo. Pensaba que él era algún tipo de violador, o loco… O loco violador.
Manuel, quien no movió su mano a voluntad, también salió corriendo. Aún llevaba la mano en el pene. Por alguna razón no se podía liberar. La extremidad de Manuel comenzó el ritual. Bajó la cremallera, luego el bóxer y liberó su miembro. El semáforo estaba en rojo.
¾    Mamá, ¿Por qué ese señor está haciendo eso? ¿Va a orinar? ¾ Le decía un niño a su madre, que miraba horrorizada lo que sucedía a su lado.
¾    ¡No lo mires hijo! ¾ La mujer, angustiada, le tapó los ojos al pequeño y comenzó a gritar ¾ ¡pervertido! ¡ayuda, por favor!
¾    No es lo que cree, no tengo control de mi mano. ¾ Decía Manuel, sudando, desesperado.
¾    ¡Asqueroso! ¡cerdo! ¾ Clamaba la señora ¾ ¡Policía, policía!
Llegó la policía y lo derribaron. Aún seguía con la mano en el pene.
¾    Maldito exhibicionista, le voy a pedir el favor y se guarde eso para poder esposarlo.
¾    ¡No puedo! ¿No entienden que no puedo? ¾ Decía ya entre lágrimas.
¾    Vamos a esposarlo así. Mi café se enfría. ¾ El policía más corpulento le acercó las manos y lo esposó. Él seguía masturbándose.  Lo montaron en el carro.
Iban camino de la estación de policía.
¾    Los tipos como tú, la pasan mal en prisión.
¾    ¡Pero no es mi intención! ¾ Lloraba.
Las lágrimas llenaban sus cachetes. El semen se esparció en la cabina. Unas gotas fueron a parar al café del conductor. No se dio cuenta. Manuel se masturbó un par de veces más antes de llegar. Luego, ya podía mover la mano a voluntad. Se guardó el pene.
Antes, ya habían bromeado con que su mano iba a cobrar vida con tantas pajas que se echaba. Lo metieron en una celda, solo.
A la mañana siguiente llegó el policía con otro café.
¾    Tienes suerte, pagaron tu fianza. ¡Ahora sal de mi vista!
¾    Gra…Gracias oficial.
¾    ¡Largo!
Juan lo esperaba afuera.
¾    ¿Qué mierda te pasa? ¿Cómo se te ocurre hacerte un pajazo en la mitad de la calle? Definitivamente estás perdiendo la cabeza Manuel. No pensé que llegaras a estos extremos, ¿No podías esperar hasta llegar a tu apartamento? ¿O es que eso ya no te satisface?
¾    Créeme Juan, no sé qué pasó. Perdí el control de mi mano, no podía parar. No entiendo, es como si… ¾ Se llevó la mano derecha a la distancia de los ojos. La miraba de una manera extraña. La abría y la cerraba. Le daba la sensación de que podía hablar. La mano apuntó hacia su cremallera e inmediatamente sacudió la cabeza, como si no creyera nada aún.
¾    ¿Es como si qué, Manuel?
¾    Es como si mi mano tuviese vida propia… ¾ Manuel pronunció estas palabras de manera muy solemne.
¾    Me estás jodiendo. El otro mes irás con un psicólogo. Y si esto vuelve a suceder, créeme Manuel que te quedas ahí encerrado.
¾    Está bien.
Se montaron en el carro de Juan y lo llevó al apartamento.
¾    No te preocupes en ir al trabajo. La señora a la que le mostraste el pene, era una de los socios de la empresa.
Manuel aún no creía nada. Todo había pasado en un solo día. Había perdido su trabajo y además, estaba marcado como posible agresor sexual y exhibicionista. Su vida no podía empeorar en ese punto. Su mano izquierda, comenzaba a moverse hacia su cremallera. Manuel lo venía venir: había perdido la facultad de controlar sus manos. Ahora, estaba en la mitad del apartamento, con los pantalones abajo y con las dos manos en su pene. Total, se había acostumbrado a esa rutina día y noche, que era obvio que en algún momento iban a tomar vida propia. Lástima que solo sean un par de manos y no dos mujeres.
Al terminar, se fue a la cocina y se preparó un café. Lo tomó con un pedazo de pastel que guardaba de hace dos días. Se puso el pijama y se fue a dormir.

Sintió un beso en el cuello. Se levantó de repente y había un par de mujeres en la cama. Una era todo lo opuesto de la otra, pero con el mismo rostro. La de su izquierda era rubia, ojos azules y la del otro lado, morena y de ojos café. Las dos con un buen par de nalgas y unas tetas bien puestas. Las sentía que las conocía de toda la vida, se sentía cómodo con ellas y no le importaba de donde habían salido, al fin todo comenzaba a mejorar. Ya Manuel no sentía a sus manos moverse. Levantó los brazos y solo pudo ver los muñones.